mente, entre ese tal Fosco y el tiempo pasado que evoco por amor a ti. Si tú encuentras el hilo, guáratelo para ti; no me digas nada; ¡de rodillas te lo ruego y te lo suplico, déjame ser ignorante, déjame ser inocente, déjame estar tan ciego a todo el futuro como lo estoy ahora!».
Dijo unas cuantas palabras más, titubeante y desconectadamente, luego se detuvo de nuevo.
Vi que el esfuerzo de expresarse en inglés, en una ocasión demasiado seria como para permitirle el uso de los giros y frases pintorescas de su vocabulario habitual, aumentaba dolorosamente la dificultad que desde el principio había sentido para hablarme.
Habiendo aprendido a leer y entender su lengua materna (aunque no a hablarla), en los primeros días de nuestra íntima compañía, le sugerí entonces que se expresara en italiano, mientras yo usaba el inglés para formular cualquier pregunta que pudiera serme necesaria para la aclaración.
Aceptó la propuesta. En su lengua de fluida suavidad, hablada con una vehemente agitación que se delataba en la constante gesticulación de sus facciones, en la violencia y la repentina brusquedad de sus ademanes extranjeros, pero jamás en la elevación de su voz, escuché por fin las palabras que me armaron para afrontar el último combate que a esta historia le queda por relatar.
—No sabes nada de mis motivos para marcharme de Italia —comenzó—, salvo que fue por razones políticas. Si me hubieran expulsado de este país a causa de la persecución de mi gobierno, no habría guardado esos motivos en secreto ni para ti ni para nadie. Los he ocultado porque ninguna autoridad gubernamental ha pronunciado la sentencia de mi exilio. Has oído hablar, Walter, de las sociedades políticas que se ocultan en todas las grandes ciudades del continente europeo, ¿no es así? A una de esas sociedades pertenecí en Italia, y pertenezco todavía en Inglaterra.