fácil, y yo mismo saqué una copia del asiento en el libro, certificada como verdadera con la propia firma del amo. Salí del establo tras haber acordado que John Owen se mantendría a mi disposición durante los tres días siguientes, o por un período más largo si la necesidad lo requería.
Ya tenía en mi poder todos los papeles que quería: la copia del certificado de defunción del propio registrador del distrito y la carta fechada de Sir Percival al Conde estaban a buen recaudo en mi cartera.
Con esta prueba escrita sobre mí, y con las respuestas del cochero muy frescas en la memoria, dirigí mis pasos a continuación, por primera vez desde el comienzo de todas mis indagaciones, hacia el despacho del señor Kyrle.
Uno de mis objetivos al hacerle esta segunda visita era, necesariamente, contarle lo que había hecho. El otro, advertirle de mi resolución de llevar a mi esposa a Limmeridge a la mañana siguiente, y lograr que fuera públicamente recibida y reconocida en la casa de su tío.
Dejé en manos del señor Kyrle decidir, dadas estas circunstancias y en ausencia del señor Gilmore, si estaba o no obligado, en calidad de asesor legal de la familia, a estar presente en dicha ocasión en defensa de los intereses de esta.
No diré nada del asombro del señor Kyrle, ni de los términos en los que expresó su opinión sobre mi conducta desde la primera etapa de la investigación hasta la última. Solo es necesario mencionar que de inmediato decidió acompañarnos a Cumberland.
Empezamos a la mañana siguiente en el tren temprano. Laura, Marian, el señor Kyrle y yo en un coche, y John Owen, con un empleado de la oficina del señor Kyrle, ocupando asientos en otro. Al llegar a la estación de Limmeridge fuimos primero a la granja de Todd’s Corner. Era mi firme determinación que Laura no entrara en la