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nydus/The Woman in WhitePublic
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I. Blackwater Park, Hampshire.

su aire glacial—, no tengo secretos para mi marido ni siquiera en las nusguedades. Cuando notó hace un momento que parecía afligida, fue mi doloroso deber contarle el motivo de mi aflicción, y le confieso francamente, señorita Halcombe, que se lo he dicho. > Estaba preparada para oírlo, y sin embargo me heló hasta los huesos cuando pronunció esas palabras. > —Permítame suplicarle encarecidamente, Madame Fosco, permítame suplicarle encarecidamente al conde, que tengan en cuenta la triste posición en la que se encuentra mi hermana. Habló mientras sentía el escozor del insulto y la injusticia infligidos por su marido, y no estaba en su sano juicio cuando dijo esas palabras precipitadas. ¿Puedo esperar que sean perdonadas con consideración y generosidad? > —Sin duda alguna —dijo la voz tranquila del conde a mi espalda. Se nos había acercado con su paso silencioso y el libro en la mano desde la biblioteca. > —Cuando lady Glyde pronunció esas palabras precipitadas —prosiguió—, cometió conmigo una injusticia de la que me lamento... y a la que perdono. No volvamos a tocar jamás el tema, señorita Halcombe; unámonos todos confortablemente para olvidarlo desde este mismo momento. > —Es usted muy amable —dije—, me alivia de un modo inexpresivo. > Intenté continuar, pero sus ojos estaban fijos en mí; su sonrisa mortal que lo oculta todo se cernía, firme e inquebrantable, sobre su rostro ancho y terso. Mi desconfianza hacia su insondable falsedad, mi noción de mi propia degradación al rebajarme a conciliar con su esposa y con él, me alteraron y confundieron de tal modo que las siguientes palabras se me ahogaron en

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