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nydus/The Woman in WhitePublic
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I. Blackwater Park, Hampshire.

esto, y esto, y esto, y decir si alguna vez un hombre mortal había compuesto algo más sublimemente sagrado y grandioso?»; y sin esperar una sola palabra de asentimiento o disentimiento de mi parte, mirándome fijamente a los ojos todo el tiempo, comenzó a tocar el piano a tronido limpio y a cantar con voz alta y altisonante, interrumpiéndose tan solo a intervalos para anunciarme con fiereza los títulos de las distintas piezas musicales: «¡Coro de los egipcios en la plaga de las tinieblas, señorita Halcombe!», «Recitativo de Moisés con las tablas de la ley», «Oración de los israelitas al paso del mar Rojo. ¡Ajá! ¡Ajá! ¿Es eso sagrado? ¿Es eso sublime?». El piano tembló bajo sus poderosas manos y las tazas de té sobre la mesa tintinearon mientras su gran voz de bajo tronaba con las notas y su pesado pie marcaba el compás en el suelo. > Había algo horrible —algo feroz y diabólico— en el estallido de su deleite por su propio canto y su propia interpretación, y en el triunfo con el que vigilaba el efecto que causaba en mí mientras yo me encogía, acercándome cada vez más a la puerta. Al fin quedé en libertad, no por mis propios esfuerzos, sino por la interposición de Sir Percival. Abrió la puerta del comedor y gritó enfadado para preguntar qué significaba «aquel ruido infernal». El conde se levantó al instante del piano. > —¡Ah! Si viene Percival —dijo—, la armonía y la melodía se han acabado. ¡La musa de la música, señorita Halcombe, nos abandona consternada, y yo, el viejo y gordo baillarín, exhalo el

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