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nydus/The Woman in WhitePublic
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La continuación de la historia, por Eliza Michelson, ama de llaves en Blackwater Park

del brazo con la fuerza suficiente para obligarme a bajar las escaleras con ella, y seguía aferrada a mí con todas las pocas fuerzas que le quedaban en el momento en que abrí la puerta del comedor.

Sir Percival estaba sentado a la mesa con una jarra de vino ante él. Se llevó la copa a los labios al entrar nosotros y la apuró de un solo trago. Al ver que me miraba con enojo cuando volvió a dejarla, intenté disculparme por mi presencia accidental en la habitación.

—¿Supone usted que aquí se trama algún secreto? —prorrumpió de repente—; no hay ninguno; no hay nada solapado, nada que se le oculte a usted ni a nadie.

Tras pronunciar aquellas extrañas palabras en voz alta y severa, se sirvió otra copa de vino y le preguntó a lady Glyde qué deseaba de él.

—Si mi hermana está en condiciones de viajar, yo estoy en condiciones de viajar —dijo su señoría, con más firmeza de la que había mostrado hasta entonces—. Vengo a rogarle que tenga en cuenta mi preocupación por Marian, y que me permita seguirla de inmediato en el tren de la tarde.

—Tienes que esperar hasta mañana —respondió Sir Percival—, y entonces, si no recibes instrucciones en contra, podrás irte. Supongo que no es nada probable que recibas instrucciones en contra, así que le escribiré a Fosco en el correo de esta noche.

Pronunció estas últimas últimas palabras levantando su copa hacia la luz y mirando el vino que contenía en lugar de a Lady Glyde. De hecho, no la miró ni una sola vez en toda la conversación. Una falta de educación tan singular en un caballero de su rango me causó, lo confieso, una impresión muy penosa.

—¿Por qué ibas a escribirle al conde Fosco? —preguntó, sumamente sorprendida.

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