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nydus/The Woman in WhitePublic
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La continuación de la historia por Marian Halcombe, en extractos de su diario

Ella suspiró profundamente y se inclinó un poco hacia mí, de modo que su hombro reposaba contra el mío. La sentí temblar y traté de ahorrarle el trago hablando yo misma. Ella me detuvo con una presión de advertencia en la mano y se dirigió a sir Percival una vez más; pero esta vez sin mirarlo. —He oído —dijo—, y lo creo, que el más cariñoso y sincero de todos los afectos es el que una mujer debe profesar a su esposo. Cuando nuestro compromiso comenzó, ese afecto era mío para entregarlo, de haber podido, y suyo para conquistarlo, de haber podido. ¿Me perdonará y me dispensará, sir Percival, si reconozco que ya no es así? Unas cuantas lágrimas se acumularon en sus ojos y cayeron lentamente por sus mejillas mientras se detenía a esperar su respuesta. Él no pronunció una sola palabra. Al comienzo de la réplica de ella, había movido la mano sobre la que apoyaba la cabeza de modo que le ocultaba el rostro. No veía más que la parte superior de su cuerpo en la mesa. Ni un solo músculo se le movía. Los dedos de la mano que sostenía su cabeza estaban hundidos profundamente en su cabello. Podrían haber expresado una ira oculta o un dolor oculto —era difícil decirlo—, pues no había en ellos ningún temblor significativo. No había nada, absolutamente nada, que delatara el secreto de sus pensamientos en aquel momento: el momento que constituía la crisis de su vida y la crisis de la de ella. Estaba decidida a obligarlo a declararse, por el bien de Laura.

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