del módico porcentaje igualmente necesario para mí), y la única fuente a la que recurrir para obtenerlas era la fortuna de su esposa, de la cual ni un solo céntimo estaba a su disposición hasta la muerte de ella. Malo hasta ahí, y peor aún más adelante. Mi estimado amigo tenía sus propios problemas privados, sobre los cuales la delicadeza de mi desinteresado afecto hacia él me prohibía indagar con demasiado detalle. No sabía más que una mujer, llamada Anne Catherick, estaba escondida en las inmediaciones, que se encontraba en comunicación con lady Glyde, y que de ello podía resultar la revelación de un secreto que significaría la ruina segura de Percival. Él mismo me había dicho que era un hombre acabado a menos que se silenciara a su esposa y a menos que se encontrara a Anne Catherick. Si él era un hombre acabado, ¿qué sería de nuestros intereses pecuniarios? ¡Por muy valiente que sea de naturaleza, me estremecí por completo ante la idea!
Toda la fuerza de mi inteligencia se concentraba ahora en la búsqueda de Anne Catherick. Nuestros asuntos económicos, por importantes que fuesen, admitían demora; pero la necesidad de descubrir a aquella mujer no admitía ninguna. Solo la conocía por su descripción, como alguien que presentaba un parecido físico extraordinario con Lady Glyde. La constatación de este curioso hecho —destinado meramente a ayudarme en la identificación de la persona a la que buscábamos—, unida a la información adicional de que Anne Catherick se había escapado de un manicomio, hizo germinar en mi mente la primera gran idea que posteriormente conduciría a resultados tan asombrosos. Dicha idea no implicaba nada menos que la completa transformación de dos identidades distintas. Lady Glyde y Anne Catherick iban a intercambiar nombres, lugares y destinos, la una con la otra; y las prodigiosas consecuencias previstas por tal cambio eran la obtención de treinta mil libras y la salvaguarda eterna del secreto de Sir Percival.