—Quiero ver cómo apagan la luz de esa ventana —respondió el conde con suavidad. —¿Qué daño hace la luz? —Demuestra que ella todavía no se ha acostado. Es lo bastante astuta para sospechar algo, y lo bastante audaz como para bajar y escuchar, si se le presenta la oportunidad. Paciencia, Percival, paciencia. —¡Pamplinas! Siempre estás hablando de paciencia. —Dentro de un momento hablaré de otra cosa. Mi buen amigo, estás al borde de tu precipicio doméstico, y si te dejo darle a las mujeres una sola oportunidad más, ¡por mi sagrada palabra de honor que te empujarán al vacío! —¿Qué demonios quieres decir? —Llegaremos a nuestras explicaciones, Percival, cuando hayan apagado la luz de esa ventana y cuando haya echado un vistacito a las habitaciones de a ambos lados de la biblioteca, y también un vistazo a la escalera. Se alejaron lentamente y el resto de su conversación (que se había desarrollado en todo momento en el mismo tono bajo) dejó de ser audible. No importaba. Había oído lo suficiente como para decidirme a justificar la opinión que el conde tenía de mi agudeza y mi valor. Antes de que las chispas rojas desaparecieran de la vista en la oscuridad, ya había decidido que habría alguien escuchando cuando aquellos dos hombres se sentaran a charlar, y que ese oyente, a pesar de todas las precauciones en contra del conde, sería yo misma. Solo necesitaba un motivo para sancionar el acto ante mi propia conciencia y darme el valor suficiente para llevarlo a cabo, y ya tenía ese motivo. El honor de la vida de Laura —la felicidad de
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I. Blackwater Park, Hampshire.
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