los labios y me quedé allí en silencio. > —Le ruego de rodillas que no diga más, señorita Halcombe; estoy verdaderamente consternado de que haya considerado necesario decir tanto. > Con aquel discurso educado me tomó la mano (¡oh, cómo me desprecio a mí misma!, ¡oh, qué poco consuelo hay incluso en saber que me sometí por el bien de Laura!), me tomó la mano y la acercó a sus labios venenosos. Jamás conocí todo mi horror hacia él hasta aquel instante. Aquella familiaridad inocente me heló la sangre como si se tratara del más vil insulto que un hombre pudiera haberme inferido. Y sin embargo le oculté mi repugnancia, intenté sonreír; yo, que antaño despreciaba implacablemente el engaño en otras mujeres, era tan falsa como la peor de ellas, tan falsa como el judas cuyos labios habían rozado mi mano. > No habría podido mantener mi degradante autocontrol —lo único que me redime ante mi propia estimación es saber que no habría podido— si él hubiera seguido clavando sus ojos en mi rostro. Los celos tigrescos de su esposa vinieron en mi rescate y apartaron su atención de mí en el momento en que se apoderó de mi mano. Sus fríos ojos azules cobraron brillo, sus apagadas mejillas pálidas se encendieron con un color vivo, pareció rejuvenecer años de golpe. > —¡Conde! —dijo—. Sus formas de cortesía extranjera no las entienden las mujeres inglesas. > —¡Perdóneme, ángel mío! La mejor y más querida mujer inglesa del mundo las entiende. > Con esas palabras soltó mi mano y alzó silenciosamente la de su esposa hasta sus labios en su
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I. Blackwater Park, Hampshire.
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