acompañada de Madame Rubelle y me traía la dirección de la señora Clements en Londres. Acontecimientos posteriores demostraron que esta última precaución había sido innecesaria. La señora Clements informó puntualmente a Lady Glyde de su lugar de residencia. Con ojo avizor ante futuras emergencias, conservé la carta.
El mismo día mantuve una breve entrevista con el médico, en la cual protesté, en aras de los sagrados intereses de la humanidad, contra su tratamiento del caso de Marian. Fue insolente, como lo es toda la gente ignorante.
No mostré resentimiento alguno; pospuse mi enfrentamiento con él hasta que fuera necesario pelear con un propósito determinado.
Mi siguiente paso fue abandonar Blackwater por mi propia cuenta. Tenía que hacerme cargo de mi residencia en Londres en previsión de los acontecimientos futuros. También tenía que resolver un pequeño asunto de índole doméstica con el señor Frederick Fairlie.
Encontré la casa que buscaba en St. John’s Wood. Encontré al señor Fairlie en Limmeridge, Cumberland.
Mi propia y particular familiaridad con la naturaleza de la correspondencia de Marian me había informado previamente de que ella le había escrito a Mr. Fairlie, proponiéndole, como un alivio para los apuros matrimoniales de Lady Glyde, llevarla de visita a casa de su tío en Cumberland. Esta carta yo había permitido sensatamente que llegara a su destino, sintiendo en aquel momento que no podía hacer daño y que podía hacer el bien. Ahora me presentaba ante Mr. Fairlie para respaldar la propia propuesta de Marian —con ciertas modificaciones que, felizmente para el éxito de mis planes, se veían realmente inevitables debido a su enfermedad—. Era necesario que Lady Glyde abandonara