Había dispuesto, en mi última visita a la metrópoli, que nuestro modesto establecimiento doméstico estuviera listo para recibirnos cuando llegáramos a Londres en el tren de la mañana. Como consecuencia de esta sabia precaución, pudimos dar ese mismo día el tercer paso en el juego: apoderarnos de Anne Catherick.
Las fechas son de importancia aquí. Reúno en mí las características opuestas de un hombre sentimental y un hombre de negocios. Tengo todas las fechas al dedillo.
El miércoles 24 de julio de 1850, envié a mi esposa en un coche de punto para apartar a la señora Clements del medio, en primer lugar. Un supuesto mensaje de Lady Glyde en Londres bastó para conseguir este resultado. La señora Clements fue llevada en el coche y se quedó en el coche, mientras que mi esposa (con el pretexto de comprar algo en una tienda) le dio esquinazo y regresó para recibir a su esperada visitante en nuestra casa de St. John’s Wood. Apenas es necesario añadir que a la visitante se la había descrito a los sirvientes como «Lady Glyde».
Mientras tanto, yo había seguido en otro coche de punto, con una esquela para Anne Catherick, en la que simplemente se mencionaba que Lady Glyde tenía la intención de retener a la señora Clements para que pasara el día con ella, y que debía reunirse con ambas bajo el cuidado del buen caballero que esperaba fuera, el cual ya la había salvado de ser descubierta en Hampshire por Sir Percival.
El «buen caballero» hizo llegar esta esquela por medio de un muchacho de la calle y aguardó el resultado un par de puertas más allá. En el momento en que Anne apareció en la puerta de la casa y la cerró, este excelente hombre abrió la puerta del coche de punto, la metió en el vehículo y se puso en marcha.