del cuarto de baño y de la segunda habitación de invitados desocupada. Ningún sonido llegó a mis oídos; la negrura ciega y negra de la noche me rodeaba por completo cuando pisé por primera vez la galería, excepto en la parte de esta a la que daba la ventana de Madame Fosco. ¡Allí, en el mismo lugar situado sobre la biblioteca hacia el que se dirigía mi ruta, allí vi un destello de luz! La condesa aún no se había acostado. Era demasiado tarde para retroceder; no era momento de esperar. Decidí seguir adelante a toda costa y fiar mi seguridad a mi propia cautela y a la oscuridad de la noche. «¡Por el bien de Laura!», pensé para mis adentros mientras daba el primer paso al frente sobre el tejado, con una mano sosteniendo la capa firmemente ceñida al cuerpo y la otra palpando a tientas contra la pared de la casa. Era mejor rozar la pared de cerca que arriesgarme a golpear los pies contra las macetas situadas a pocos centímetros de mí en el otro lado. Pasé por delante de la ventana oscura de la habitación de invitados, probando el tejado de plomo a cada paso con el pie antes de arriesgarme a apoyar mi peso en él. Pasé por delante de las ventanas oscuras de la habitación de Laura («¡Dios la bendiga y la guarde esta noche!»). Pasé ante la ventana oscura de la habitación de Sir Percival. Luego esperé un momento, me arrodillé apoyándome con las manos y avancé así a gatas hasta mi posición, bajo la protección del murete situado entre la
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I. Blackwater Park, Hampshire.
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