—Pronto tendrás noticias mías —dije—; sabrás todo lo que te he prometido contarte.
La señora Clements suspiró y meneó la cabeza con dudas.
—El consejo de una anciana a veces vale la pena seguirlo, caballero —dijo ella—. Piénselo dos veces antes de ir a Welmingham.
VIII
Al volver a casa después de mi entrevista con la señora Clements, me llamó la atención la impresión de un cambio en Laura.
La mansedumbre y la paciencia inalterables que la larga desgracia había puesto a prueba con tanta crueldad y que jamás habían sido vencidas todavía, parecían ahora habérsele agotado de repente. Insensible a todos los intentos de Marian por calmarla y divertirla, estaba sentada, con el dibujo que había descuidado apartado sobre la mesa, la mirada firmemente dirigida hacia