había sentido en compañía de los dos desconocidos— que un desmayo repentino la venció y se vio obligada a pedir un vaso de agua. El conde pidió a voces desde la puerta agua y un frasco de sales aromáticas. Ambos fueron traídos por el hombre de aspecto extranjero y barbudo. El agua, cuando Lady Glyde intentó beberla, tenía un sabor tan extrañamente desagradable que acrecentó su debilidad, y ella tomó apresuradamente el frasco de sales del conde Fosco y lo olió. Su cabeza se desvaneció al instante. El conde atrapó el frasco cuando se le cayó de la mano, y la última impresión de la que fue consciente fue que él se lo volvía a acercar a las fosas nasales.
A partir de este punto, sus recuerdos resultaron confusos, fragmentarios y difíciles de conciliar con cualquier probabilidad razonable.
Su propia impresión era que había recuperado el sentido más tarde por la noche, que entonces había salido de la casa, que había ido (como había planeado previamente ir, en Blackwater Park) a casa de la señora Vesey —que había tomado té allí y que había pasado la noche bajo el techo de la señora Vesey—. Era totalmente incapaz de decir cómo, cuándo o en compañía de quién había salido de la casa a la que el conde Fosco la había llevado. ¡Pero insistía en afirmar que había estado en casa de la señora Vesey y, lo que era aún más extraordinario, que la señora Rubelle la había ayudado a desnudarse y a acostarse! No podía recordar cuál había sido la conversación en casa de la señora Vesey, ni a quién había visto allí además de a dicha señora, ni por qué la señora Rubelle había estado presente en la casa para ayudarla.
Su recuerdo de lo que le pasó a la mañana siguiente era aún más vago y poco fiable.
Tenía una vaga idea de haber salido a dar un paseo en carruaje (a qué hora no sabía decir) con el conde Fosco y con la señora Rubelle de nuevo