mi agitación dejé abierta la puerta de la antesala, pero cerré la del dormitorio en cuanto estuve dentro. Laura estaba sentada sola al fondo de la habitación, con los brazos apoyados cansadamente en una mesa y el rostro oculto entre las manos. Se levantó de un salto con un grito de alegría al verme. —¿Cómo has llegado aquí? —preguntó—. ¿Quién te ha dado permiso? ¿Sir Percival no? En mi abrumadora ansiedad por oír lo que tenía que contarme, no pude responderle; solo pude hacerle preguntas por mi parte. El anhelo de Laura por saber qué había pasado abajo demostró ser, sin embargo, demasiado fuerte para resistirlo. Repitió insistente sus preguntas. —El Conde, por supuesto —respondí con impaciencia—. Cuyo influjo en la casa... Me detuvo con un gesto de repugnancia. —¡No hables de él! —gritó—. ¡El Conde es la criatura más vil que existe! ¡El Conde es un miserable espía! Antes de que ninguna de las dos pudiera decir otra palabra, nos sobresaltó un suave golpe en la puerta del dormitorio. Yo todavía no me había sentado y fui la primera en ver quién era. Al abrir la puerta, Madame Fosco apareció ante mí con mi pañuelo en la mano. —Se le cayó esto abajo, señorita Halcombe —dijo—, y pensé que podía traérselo, ya que pasaba por delante camino de mi habitación. Su rostro, naturalmente pálido, se había vuelto de una blancura tan espantosa que me sobresalté al verlo. Sus manos, siempre tan firmes y seguras en cualquier otra ocasión, temblaban violentamente, y sus ojos miraban con avidez más allá de mí a través de la puerta abierta, fijos
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I. Blackwater Park, Hampshire.
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