desistido, ella se puso reacia justamente al revés, y acudió a él por su propia voluntad, sin ton ni son aparentemente. Mi pobre marido siempre decía que ese era el momento de haberle dado una lección. Pero Catherick la quería demasiado para hacer nada por el estilo; jamás la reprendió ni antes de casarse ni después. Era un hombre de sentimientos impetuosos, que se dejaba arrastrar demasiado por ellos, ya de un modo, ya de otro, y habría echado a perder a una esposa mejor que la señora Catherick de haberse casado con una mejor. No me gusta hablar mal de nadie, señor, pero ella era una mujer desalmada, con una terquedad terrible; aficionada a la admiración tonta y a los vestidos lujosos, y a la que no le importaba mostrar ni un mínimo de respetabilidad exterior hacia Catherick, por muy amablemente que él la tratara siempre. Mi marido dijo que creía que las
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La continuación de la historia por Walter Hartright
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