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nydus/The Woman in WhitePublic
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I. Blackwater Park, Hampshire.

su llegada y puso la mano sobre la cabeza de un sabueso encadenado⁠—una bestia tan salvaje que hasta el mozo de cuadra que lo alimenta se mantiene fuera de su alcance. Su esposa y yo estábamos presentes, y no olvidaré la escena que siguió, por corta que fuese. > > —Cuidado con ese perro, señor⁠—dijo el mozo⁠—; ¡se le tira a todo el mundo! > > —Hace eso, amigo mío⁠—replicó el conde con calma⁠—, porque todo el mundo le tiene miedo. Vamos a ver si se me tira a mí .⁠—Y posó sus dedos regordetes, de color blanco amarillento, en los que diez minutos antes se habían estado posando los canarios, sobre la cabeza de aquel formidable bruto, y lo miró fijamente a los ojos—. Los perros grandes sois todos unos cobardes⁠—le dijo, dirigiéndose al animal con desprecio, con la cara y la de aquel a menos de una pulgada de distancia—. Mataríais a un pobre gato, maldito cobarde. Os le tiraríais a un mendigo hambriento, maldito cobarde. Cualquier cosa a la que podáis pillar por sorpresa⁠—cualquier cosa que tenga miedo de vuestro cuerpo grande, de vuestros malvados dientes blancos y de vuestra boca babosa y sedienta de sangre⁠— es a la que os gusta saltarle al cuello. Podríais estrangularme en este preciso momento, mezquino y miserable matón, y ni siquiera os atrevéis a mirarme a la cara porque no os tengo miedo. ¿Lo pensaréis mejor y clavaréis los dientes en mi gordo cuello? ¡Bah! ¡Qué va!⁠—Se dio la vuelta, riéndose del asombro de los hombres en el patio, y el perro volvió a arrastrarse sumiso hacia su

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