con el motivo común de dos palomas bebiendo de la misma copa, y unas hojas secantes en las que había quedado marcada la impresión de las últimas líneas de lo que había escrito en estas páginas durante la noche anterior. Deformado por la sospecha que ya se había vuelto parte de mí, hasta esos insignificantes detalles me parecieron demasiado peligrosos como para dejarlos sin vigilancia; incluso el cajón de la mesa con llave me pareció insuficientemente protegido en mi ausencia hasta que los medios para acceder a él hubieron quedado también cuidadosamente asegurados. > No encontré indicios de que nadie hubiera entrado en la habitación mientras había estado hablando con Laura. Mis materiales de escritura (a los que había dado instrucciones estrictas al servicio de no tocar jamás) estaban esparcidos por la mesa casi como de costumbre. Lo único que me llamó la atención en relación con ellos fue que el sello yacía ordenadamente en la bandeja, junto con los lápices y el lacre. No estaba entre mis descuidos (siento decirlo) ponerlo ahí, ni recordaba haberlo puesto. Pero como por otra parte no conseguía recordar en qué otro sitio lo había tirado, y como tampoco estaba segura de si por una vez lo habría colocado mecánicamente en su sitio, me abstuve de añadir a la perplejidad con la que los acontecimientos del día habían llenado mi mente, preocupándome de nuevo por una nusguedad. Cerré la puerta, me guardé la llave en el bolsillo y bajé. > Madame Fosco estaba sola en el vestíbulo mirando el barómetro. > —Sigue bajando —dijo—. Mucho me temo que debamos esperar más lluvia.
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I. Blackwater Park, Hampshire.
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