empezar; pero hay algo en él además del parecido que me ha impresionado todavía más. Creo que la influencia que ahora intento hallar reside en sus ojos. Son los ojos grises más insondables que he visto jamás, y tienen a veces un brillo frío, claro, hermoso e irresistible que me obliga a mirarle, y que al mismo tiempo me provoca sensaciones, al mirarle, que preferiría no sentir. Otras partes de su rostro y de su cabeza tienen sus extrañas peculiaridades. Su tez, por ejemplo, presenta una singular palidez cetrina, tan en desacuerdo con el color castaño oscuro de su cabello que sospecho que este último es una peluca, y su rostro, rasurado por completo, es más terso y está más libre de marcas y arrugas que el mío, a pesar de que (según el relato que me dio Sir Percival) raya en los sesenta años. Pero estas no son las características físicas prominentes que lo distinguen, a mi entender, de todos los demás hombres que he visto en mi vida. La marcada peculiaridad que lo aparta de la multitud y del montón de la humanidad radica por completo, hasta donde puedo apreciar por ahora, en la extraordinaria expresión y la extraordinaria fuerza de sus ojos. > > Sus modales y su dominio de nuestra lengua también pueden haberle ayudado, en cierta medida, a ganarse mi buena opinión. Tiene esa deferencia silenciosa, esa mirada de complacido y atento interés al escuchar a una mujer, y esa secreta dulzura en la voz al hablarle a una mujer a la que, digamos lo que digamos, ninguna de nosotras puede resistirse. Aquí
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I. Blackwater Park, Hampshire.
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