lugar. > Echué a correr escaleras arriba para refugiarme en mi propia habitación. Si hubiera habido tiempo para pensar, mis pensamientos, al verme sola de nuevo, me habrían causado un sufrimiento atroz. Pero no había tiempo para pensar. Por fortuna para la preservación de mi sangre fría y de mi valor, no había tiempo para otra cosa que no fuera la acción. > Todavía faltaba por escribir las cartas al abogado y al señor Fairlie, y me senté enseguida, sin vacilar un solo instante, a consagrarme a ellas. > No había multitud de recursos que me confundieran; no había absolutamente nadie de quien depender, en primera instancia, salvo de mí misma. Sir Percival no tenía amigos ni parientes en las inmediaciones cuya intercesión pudiera intentar emplear. Mantenía una relación muy fría —en algunos casos pésima— con las familias de su propio rango y posición que vivían cerca de él. Las dos mujeres que éramos no teníamos ni padre ni hermano que viniera a la casa a tomar partido por nosotros. No había más opción que escribir esas dos dudosas cartas, o dejar a Laura en evidencia y a mí misma en evidencia, e imposibilitar toda negociación pacífica en el futuro fugándome en secreto de Blackwater Park. Nada salvo el peligro personal más inminente podía justificar que tomáramos ese segundo camino. Había que probar primero con las cartas, y las escribí. > No le dije nada al abogado acerca de Anne Catherick porque (como ya le había insinuado a Laura) ese tema estaba vinculado a un misterio que todavía no podíamos explicar, y sobre el cual resultaría por tanto
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I. Blackwater Park, Hampshire.
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