la ruina. Ahí tienes la situación. Sácale el partido que puedas. Sigue. —Bien, Percival, en tus rotundas palabras inglesas, tú necesitabas unos miles y yo unos cientos, y el único modo de conseguirlos era que tú recaudaras el dinero para tus propias necesidades (con un pequeño margen de más para mis pobres y modestos cientos) con la ayuda de tu esposa. ¿Qué te dije de tu esposa de camino a Inglaterra? Y ¿qué te volví a decir cuando llegamos aquí y hube comprobado por mí mismo la clase de mujer que era la señorita Halcombe? —¿Qué quieres que sepa? Hablarías por los codos, supongo, como de costumbre. —Dije esto: el ingenio humano, amigo mío, solo ha descubierto hasta ahora dos maneras en que un hombre puede dominar a una mujer. Una forma es echarla por tierra, un método muy adoptado por las clases bajas y brutales del pueblo, pero totalmente aborrecido por las clases refinadas e instruidas que están por encima de ellas. La otra forma (mucho más larga, mucho más difícil, pero a la postre no menos segura) es no aceptar jamás una provocación por parte de una mujer. Es válido con los animales, es válido con los niños y es válido con las mujeres, que no son más que niños crecidos. La resolución tranquila es la única cualidad de la que carecen los animales, los niños y las mujeres. Si consiguen quebrantar una vez esta cualidad superior en su amo, se salen con la suya. Si nunca logran perturbarla, él se sale con la suya. Te dije: recuerda esa simple verdad cuando quieras que tu esposa
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I. Blackwater Park, Hampshire.
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