El gobierno de Pensilvania, sin acumular ningún tesoro, inventó un método para prestar, no dinero en realidad, sino su equivalente, a sus súbditos.
Mediante el adelanto a particulares, con interés y sobre garantía de tierras por el doble de su valor, de billetes de crédito de papel que debían reembolsarse quince años después de su fecha, y que entretanto podían transferirse de mano en mano como billetes de banco, y declarados por ley de la asamblea como moneda de curso legal en todos los pagos de un habitante de la provincia a otro, recaudó una renta moderada, que contribuyó en gran medida a sufragar un gasto anual de unas 4.500 libras, el gasto ordinario total de aquel gobierno austero y ordenado.
El éxito de un expediente de esta clase debió depender de tres circunstancias diferentes;
- primera, de la demanda de algún otro instrumento de comercio, además del dinero de oro y plata; o de la demanda de tal cantidad de bienes de consumo que no se habría podido obtener sin enviar al extranjero la mayor parte de su dinero de oro y plata para poder comprarlos;
- segunda, del buen crédito del gobierno que utilizó este expediente; y,
- tercera, de la moderación con que se empleó, ya que el valor total de los billetes de crédito de papel nunca excedió al del dinero de oro y plata que habría sido necesario para llevar a cabo su circulación de no haber existido dichos billetes de crédito de papel.
El mismo expediente fue adoptado en distintas ocasiones por varias otras colonias americanas; pero, debido a la falta de dicha moderación, produjo, en la mayor parte de ellas, mucha más confusión que comodidad.