tal vez, un ramo importante de la renta de un caballero particular de buena hacienda.
La misma disposición a ahorrar y atesorar prevalecía tanto en el soberano como en los súbditos.
Entre las naciones en las que el comercio y las manufacturas son poco conocidos, el soberano, como ya se ha observado en el cuarto libro, se encuentra en una situación que lo predispone de manera natural a la parsimonia requerida para la acumulación.
En esa situación, los gastos incluso de un soberano no pueden estar guiados por esa vanidad a la que le deleita el vistoso boato de una corte. La ignorancia de la época ofrece apenas algunas de las frioleras en las que consiste dicho boato. Los ejércitos permanentes no son necesarios entonces, de modo que los gastos incluso de un soberano, al igual que los de cualquier otro gran señor, apenas pueden emplearse en otra cosa que no sea la generosidad con sus arrendatarios y la hospitalidad con sus vasallos.
Pero la generosidad y la hospitalidad rara vez conducen a la extravagancia; aunque la vanidad casi siempre lo hace.
En consecuencia, todos los antiguos soberanos de Europa, como ya se ha señalado, tenían tesoros. Se dice que todos los jefes tártaros de los tiempos actuales tienen uno.
En un país comercial que abunda en toda clase de suntuosos lujos, el soberano, del mismo modo que casi todos los grandes propietarios de sus dominios, gasta naturalmente una gran parte de sus rentas en adquirir dichos lujos. Su propio país y los vecinos le abastecen abundantemente de todas las chucherías costosas que componen la espléndida, pero insignificante