la tentación de cometer el delito. Cuarto, al someter al pueblo a las frecuentes visitas y al odioso examen de los recaudadores de impuestos, puede exponerlo a muchas molestias, vejaciones y opresiones innecesarias; y aunque la vejación no es, estrictamente hablando, un gasto, es ciertamente equivalente al gasto con el que todo hombre estaría dispuesto a redimirse de ella. Es de una u otra de estas cuatro maneras diferentes como los impuestos resultan frecuentemente mucho más gravosos para el pueblo de lo que son beneficiosos para el soberano.
La evidente justicia y utilidad de las máximas anteriores han recomendado las mismas, en mayor o menor medida, a la atención de todas las naciones.
Todas las naciones se han esforzado, según su leal saber y entender, en hacer que sus impuestos fuesen tan equitativos como pudieron idear; tan ciertos, tan convenientes para el contribuyente —tanto en el tiempo como en el modo de pago— y, en proporción a los ingresos que aportaban al príncipe, tan poco gravosos para el pueblo como fuera posible.
La siguiente breve revisión de algunos de los principales impuestos que han tenido lugar en distintas épocas y países mostrará que los esfuerzos de todas las naciones no han tenido en este aspecto el mismo éxito.