respectivos que se les debían, como a la cantidad de tierra sin cultivar que contenían; es decir, a la mayor o menor tentación que han tenido los hacendados de extralimitarse en sus negocios, o de emprender el establecimiento y plantación de extensiones mayores de tierra yma que no convenían al volumen de sus capitales. Las remesas de la gran isla de Jamaica, donde todavía hay mucha tierra sin cultivar, han sido por esta razón en general más irregulares e inciertas que las de las islas más pequeñas de Barbados, Antigua y San Cristóbal, las cuales desde hace muchos años se encuentran completamente cultivadas y, por esa misma razón, han ofrecido un campo menor para las especulaciones del hacendado. Las nuevas adquisiciones de Granada, Tobago, San Vicente y Dominica han abierto un nuevo campo para especulaciones de esta índole; y las remesas procedentes de dichas islas han sido últimamente tan irregulares e inciertas como las de la gran isla de Jamaica.
No es, por tanto, la pobreza de las colonias lo que ocasiona, en la mayor parte de ellas, la escasez actual de dinero de oro y plata. Su gran demanda de capital activo y productivo hace que les convenga tener el menor capital inactivo posible; y las dispone por ello a conformarse con un instrumento de comercio más barato, aunque menos cómodo, que el oro y la plata. Se les permite así convertir el valor de ese oro y plata en instrumentos de comercio, en materiales de indumentaria, en mobiliario doméstico y en la cerrajería y ferretería de hierro necesarias para construir y extender sus asentamientos y plantaciones. En aquellas ramas de los negocios que no pueden transigirse sin dinero de oro y plata, parece que siempre pueden hallar la cantidad necesaria de dichos metales; y si con frecuencia no la hallan, su carencia es por lo