épocas de la sociedad, es quizás mayor en la época más ruda de la sociedad que admite una desigualdad considerable de la fortuna. Un jefe tártaro, cuyo incremento en rebaños y manadas es suficiente para mantener a mil hombres, no puede emplear bien ese incremento de otra manera que manteniendo a mil hombres. El estado rudo de su sociedad no le proporciona ningún producto manufacturado, ninguna chuchería o baratija de ningún tipo, por la cual pueda cambiar aquella parte de su producto bruto que excede su propio consumo. Los mil hombres a los que mantiene de este modo, al depender enteramente de él para su subsistencia, deben tanto obedecer sus órdenes en la guerra como someterse a su jurisdicción en la paz. Es necesariamente tanto su general como su juez, y su jefatura es el efecto necesario de la superioridad de su fortuna. En una sociedad opulenta y civilizada, un hombre puede poseer una fortuna mucho mayor y, sin embargo, no ser capaz de mandar sobre una docena de personas. Aunque el producto de su hacienda sea suficiente para mantener, y tal vez mantenga efectivamente, a más de mil personas, como esas personas pagan por todo lo que obtienen de él, como apenas le da nada a nadie sino a cambio de un equivalente, casi nadie se considera enteramente dependiente de él, y su autoridad se extiende únicamente a unos pocos criados domésticos. La autoridad de la fortuna, sin embargo, es muy grande incluso en una sociedad opulenta y civilizada. Que sea mucho mayor que la de la edad o las cualidades personales ha sido la queja constante de todos los períodos de la sociedad que han admitido una desigualdad considerable de la fortuna. * El primer período de la sociedad, el de los cazadores, no admite tal desigualdad. La pobreza universal establece allí la igualdad universal, y la superioridad, ya sea de la edad o de las
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I. De los gastos de defensa
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