—Ah, bueno, sin entender, ya sabe—puede que eso no sea tan malo. Pero hay una ligereza en la mente femenina—un tocar y huir—música, bellas artes, ese tipo de cosas—deberían estudiarlas hasta cierto punto, las mujeres; pero de un modo ligero, ya sabe. Una mujer debería ser capaz de sentarse y tocarle o cantarle una buena y vieja melodía inglesa. Eso es lo que me gusta; aunque he oído casi de todo—he estado en la ópera en Viena: Gluck, Mozart, todo ese género. Pero soy un conservador en la música—no es como las ideas, ya sabe. Me mantengo fiel a las buenas y viejas melodías.
—El señor Casaubon no es aficionado al piano, y me alegra mucho de que no lo sea —dijo Dorothea, a quien hay que perdonarle su escasa consideración por la música doméstica y el arte sutil femenino, dado el escaso repiqueteo y embadurnamiento en que principalmente consistían en aquella oscura época. Ella sonrió y miró a su prometido con ojos agradecidos—. Si él le hubiera estado pidiendo siempre que tocase «La última rosa del verano», habría necesitado mucha resignación—. Dice que en Lowick solo hay un viejo clavecín, y está cubierto de libros.
—Ah, ahí estás detrás de Celia, querida. Celia, en cambio, toca muy bonito, y siempre está dispuesta a tocar. Sin embargo, como a Casaubon no le gusta, estás bien así. Pero es una lástima que no tengas pequeñas distracciones de ese tipo, Casaubon: el arco siempre tenso—esa clase de cosas, ya sabes— no es conveniente.
—Nunca he podido ver como una diversión el que me atormenten los oídos con ruidos medidos —dijo el señor Casaubon—. Una melodía muy iterada produce el efecto ridículo de hacer que las palabras en mi mente ejecuten una especie de minué para llevar el compás, un efecto apenas tolerable, imagino, pasada la infancia. En cuanto a las formas más grandiosas de la música, dignas de acompañar celebraciones solemnes, y aun de servir como influencia educadora según la concepción antigua, no digo nada, puesto que con ellas no tenemos relación inmediata.