juzgar imparcialmente la conducta ajena aun cuando esta jugara en su contra.
—El mundo ha podido conmigo, ya lo sé —le dijo un día a Lydgate—. Pero yo no soy un hombre poderoso; jamás seré un hombre de renombre. La elección de Hércules es una fábula bonita; pero Pródico se lo pone fácil al héroe, como si los primeros propósitos bastaran. Otra historia cuenta que acabó tomando la rueca y que al final vistió la túnica de Neso. Supongo que un solo buen propósito podría mantener a un hombre en el buen camino si el propósito de todos los demás le ayudara.
La charla del vicario no siempre era estimulante: se había librado de ser un fariseo, pero no se había librado de esa baja apreciación de las posibilidades a la que llegamos un tanto precipitadamente como deducción de nuestro propio fracaso. Lydgate pensaba que había una penosa debilidad de voluntad en el señor Farebrother.