—A ver —dijo Caleb, tomando una pluma, examinándola con cuidado y tendiéndosela a Fred, bien mojada en tinta, junto con una hoja de papel rayado—. Cópieme una línea o dos de ese avalúo, con las cifras al final.
Por entonces existía la opinión de que era indigno de un caballero escribir con claridad, o con una letra que en lo más mínimo se pareciera a la de un dependiente. Fred escribió las líneas exigidas con una letra tan de caballero como la de cualquier vizconde u obispo de la época: las vocales eran todas iguales y las consonantes solo se distinguían por doblarse hacia arriba o hacia abajo, los trazos tenían una solidez manchada y las letras desdeñaban mantenerse en la línea; en resumen, era un manuscrito de esa venerable clase fácil de interpretar cuando uno sabe de antemano lo que el escritor quiere decir.
Mientras Caleb observaba, su rostro mostraba una depresión creciente, pero cuando Fred le tendió el papel, soltó algo parecido a un gruñido y golpeó el papel con pasión con el dorso de la mano. Un mal trabajo como aquel disipaba toda la apacibilidad de Caleb.
—¡Mil demonios! —exclamó con furia—.
¡Pensar que este es un país donde la educación de un hombre puede costar cientos y cientos, y que te produzca semejante bodrio!
Luego, en un tono más patético, empujándose las gafas hacia arriba y mirando al infeliz amanuense:
¡Que Dios se apiade de nosotros, Fred, no puedo soportar esto!
—¿Qué puedo hacer, señor Garth? —dijo Fred, cuyos ánimos habían caído muy bajo, no solo por la estimación de su caligrafía, sino ante la perspectiva de verse relegado a la categoría de oficinista.