–Simplemente que no me gusta. No me gustan la teología, ni los sermones, ni verme obligado a poner cara seria. Me gusta cabalgar por el campo y hacer lo que hacen los demás hombres.
No quiero decir que quiera ser un mal bicho ni nada por el estilo; pero no le encuentro el gusto a esa clase de cosas que la gente espera de un clérigo. Y, sin embargo, ¿qué otra cosa puedo hacer?
Mi padre no puede prescindir de nada de capital para dármelo, de lo contrario podría dedicarme a la agricultura. Y no tiene sitio para mí en su negocio. Y, por supuesto, no puedo empezar a estudiar derecho o medicina ahora, cuando mi padre quiere que gane algo. Está muy bien decir que me equivoco al meterme en la Iglesia; pero los que lo dicen bien podrían mandarme a las selvas vírgenes.
La voz de Fred había adoptado un tono de quejumbrosa reprimenda, y el señor Farebrother se habría sentido inclinado a sonreír si su mente no hubiera estado demasiado ocupada imaginando más de lo que Fred le contaba.
—¿Tiene alguna dificultad con respecto a los dogmas, a los Artículos? —dijo, esforzándose por pensar en la pregunta únicamente por el bien de Fred.
—No; supongo que los Artículos tienen razón. No estoy preparado con ningún argumento para refutarlos, y tipos mucho mejores y más inteligentes que yo los aceptan por completo. Creo que sería bastante ridículo por mi parte urgir escrúpulos de esa índole, como si yo fuera un juez —dijo Fred con toda sencillez.
—Supongo, entonces, que se le habrá ocurrido que podría ser un buen párroco sin necesidad de ser un gran teólogo.
—Por supuesto, si me veo obligado a ser clérigo, intentaré cumplir con mi deber, aunque tal vez no me guste. ¿Crees que alguien debería