era un método de interpretación que no estaba sometido a la prueba de la necesidad de formar nada que tuviera colisiones más agudas que una elaborada noción de Gog y Magog; estaba tan libre de interrupciones como un plan para ensartar las estrellas. ¡Y cuántas veces había tenido que reprimir Dorothea su fatiga y su impaciencia ante aquella cuestionable adivinanza, tal como se le revelaba en lugar de la comunión en el alto saber que iba a hacer que la vida fuera más digna! Ahora podía comprender muy bien por qué su marido había llegado a aferrarse a ella, tal vez como la única esperanza que le quedaba de que sus fatigas tomaran alguna vez una forma en la que pudieran ser entregadas al mundo. Al principio había parecido que deseaba mantenerla incluso al margen de cualquier conocimiento íntimo de lo que estaba haciendo; pero gradualmente la terrible apremiante necesidad humana —la perspectiva de una muerte demasiado rápida—
Y aquí la compasión de Dorothea se desvió de su propio futuro hacia el pasado de su esposo —más aún, hacia su actual y dura lucha con un destino surgido de ese pasado: la labor solitaria, la ambición respirando con dificultad bajo el peso de la desconfianza en sí mismo; la meta alejándose, y los miembros más pesados; ¡y ahora por fin la espada temblando visiblemente sobre él! ¿Y acaso no había deseado casarse con él para ayudarlo en la obra de su vida? Pero había creído que el trabajo iba a ser algo más grande, al cual podría servir con devoción por sí mismo. ¿Era correcto, incluso para calmar su dolor —sería posible, aun si ella lo prometía— trabajar como en una noria sin fruto alguno?
Y sin embargo, ¿podia negarse? ¿Podía decirle: «Me niego a calmar esta anhelante hambre»?
Sería negarse a hacer por él muerto lo que estaba casi segura de hacer por él vivo. Si él vivía, como Lydgate había dicho que podría hacerlo, durante quince años o más, su vida transcurriría ciertamente ayudándole y obedeciéndole.