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nydus/MiddlemarchPublic
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LVI

camino determinado. Que se vayan a abrir brecha a otra parroquia. Y yo no creo en ninguna indemnización para compensar el traer a un montón de rufianes a pisotear tus cosechas. ¿Dónde tiene el bolsillo una compañía?

—El hermano Pedro, que Dios lo perdone, sacó dinero de una compañía —dijo la señora Waule—. Pero eso fue por el manganeso. Eso no fue por los ferrocarriles para volarte en pedazos a diestra y siniestra.

—Bueno, de esto hay que hablar, Jane —concluyó el señor Solomon, bajando la voz con cautela—: cuantas más trabas les pongamos, más nos pagarán para que los dejemos seguir, si es que de todos modos tienen que venir.

Este razonamiento del señor Solomon era tal vez menos profundo de lo que imaginaba, y su astucia guardaba aproximadamente la misma relación con el curso de los ferrocarriles que la astucia de un diplomático con el enfriamiento general o el catarro del sistema solar.

Pero se dispuso a actuar según sus puntos de vista de un modo plenamente diplomático, avivando la sospecha. Su lado de Lowick era el más alejado de la aldea, y las casas de los jornaleros eran o bien cabañas solitarias o se agrupaban en una pequeña aldea llamada Frick, donde un molino de agua y algunas canteras constituían un pequeño núcleo de industria lenta y de hombros cargados.

A falta de una idea precisa de lo que eran los ferrocarriles, la opinión pública en Frick estaba en contra de ellos; pues la mente humana en aquel rincón herboso no poseía la proverbial tendencia a admirar lo desconocido, sosteniendo más bien que probablemente iría en contra del pobre, y que la sospecha era la única actitud prudente al respecto. Ni siquiera el rumor de la Reforma había despertado todavía expectativas milenarias en Frick, al no haber en él ninguna promesa concreta, como la

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