—Esto tiene buena pinta, ¿eh? —dijo el señor Brooke mientras la multitud se congregaba—. Al menos tendré un buen público. Esto me gusta, ya sabe, este tipo de público formado por los propios vecinos, ¿sabe?
Los tejedores y curtidores de Middlemarch, a diferencia del señor Mawmsey, nunca habían considerado al señor Brooke como un vecino, y no le tenían más apego que si lo hubiesen mandado en una caja desde Londres. Pero escucharon sin gran alteración a los oradores que presentaron al candidato; uno de ellos —un personaje político de Brassing que vino a decirle a Middlemarch cuál era su deber— habló con tanta extensión que era alarmante pensar qué podría encontrar el candidato que decir después de él. Mientras tanto, la multitud se hacía más densa y, a medida que el personaje político se acercaba al final de su discurso, el señor Brooke experimentó un cambio notable en sus sensaciones, mientras seguía manejando su monóculo, juguetear con los documentos ante él y cambiando impresiones con su comité, como un hombre al que el momento de la citación le tuviera sin cuidado.
—Tomaré otra copa de jerez, Ladislaw —dijo, con aire desenfadado, dirigiéndose a Will, que estaba justo detrás de él, y que al poco rato le entregó el supuesto fortificante.
Fue una mala elección; pues el señor Brooke era un hombre abstemio, y beber una segunda copa de jerez rápidamente y a poco intervalo de la primera constituía un sobresalto para su organismo que tendía a dispersar sus energías en lugar de concentrarlas.
Rogad por compasión por él: ¡tantos caballeros ingleses se desviven por hacer discursos por motivos enteramente privados!, mientras que el señor Brooke deseaba servir a su país presentándose al Parlamento —lo cual, en efecto, también puede hacerse por motivos privados, pero una vez emprendido, exige indefectiblemente unos cuantos discursos.