de Rosamond, y la esbelta silueta que su hábito de montar dejaba ver tenía delicadas ondulaciones. De hecho, la mayoría de los hombres de Middlemarch, salvo sus hermanos, sostenían que la señorita Vincy era la mejor muchacha del mundo, y algunos la llamaban ángel.
Mary Garth, por el contrario, tenía el aspecto de una pecadora corriente: era morena; su pelo rizado y oscuro era áspero y terco; su estatura era baja; y no sería verdad declarar, en satisfactoria antítesis, que poseía todas las virtudes.
La fealdad tiene sus propias tentaciones y vicios particulares tanto como la hermosura; es propensa ya sea a fingir amabilidad, o, sin fingirla, a mostrar toda la repulsividad del descontento: en cualquier caso, que te llamen cosa fea en contraste con esa criatura encantadora que es tu compañera, tiende a producir cierto efecto más allá de una sensación de gran veracidad y justeza en la frase.
A la edad de veintidós años, Mary ciertamente no había alcanzado ese perfecto buen sentido y buenos principios que por lo general se le recomiendan a la joven menos afortunada, como si hubieran de conseguirse a granel y ya mezclados, con una pizca de resignación según la necesidad.
Su perspicacia tenía un matiz de amargura satírica que se renovaba continuamente y nunca llegaba a perderse del todo de vista, salvo ante una fuerte corriente de gratitud hacia aquellos que, en vez de decirle que debía estar contenta, hacían algo para que lo estuviera.
El avance de la madurez había suavizado su fealdad, que era de una buena clase humana, de esa que las madres