cuya intervención, por mucho que nos disguste, el curso del mundo se ve en gran medida determinado. Sería bueno, sin duda, que pudiéramos contribuir a reducir su número, y tal vez algo se lograría con no propiciar a la ligera su existencia. Socialmente hablando, por lo general se habría considerado a Joshua Rigg como un ser superfluo. Pero aquellos que, al igual que Peter Featherstone, jamás han visto que se demande una copia de sí mismos, son los últimos en esperar semejante petición, ya sea en prosa o en verso. La copia en este caso guardaba mayor parecido externo con la madre, en cuyo sexo los rasgos de rana, acompañados de mejillas sonrosadas y una figura bien redondeada, resultan compatibles con mucho encanto para cierto tipo de admiradores. El resultado es a veces un varón con cara de rana, que sin duda no es deseable para ninguna clase de seres inteligentes. Sobre todo cuando se le saca a relucir de repente para frustrar las expectativas ajenas: el aspecto más mezquino bajo el cual puede presentarse un superfluo social.
Pero las bajas características del señor Rigg Featherstone eran todas de la variedad sobria y abstemia. Desde la hora más temprana hasta la más tardía del día, siempre se mostraba tan lustroso, pulcro y fresco como la rana a la que se parecía, y el viejo Peter había soltado una risita secreta ante un descendiente casi más calculador, y mucho más imperturbable, que él mismo. Añadiré que se cuidaba las uñas escrupulosamente y que tenía la intención de casarse con una joven culta (aún por especificar) de buen tipo y cuyos parientes, dentro de una sólida respetabilidad de clase media, fuesen innegables. Por lo tanto, sus uñas y su modestia eran comparables a las de la mayoría de los caballeros; aunque su ambición solo se había formado al amparo de las oportunidades de un empleado y contable en las pequeñas casas comerciales de una ciudad portuaria.