—Hágalo —dijo Lydgate—; confío en el efecto de eso. Es muy querido, pero también tiene enemigos: siempre hay gente que no puede perdonar a un hombre capaz que difiere de ellos. Y ese asunto de ganar dinero es realmente una mancha. Usted, por supuesto, no ve a mucha gente de Middlemarch; pero el señor Ladislaw, que ve constantemente al señor Brooke, es un gran amigo de las ancianas del señor Farebrother, y estaría encantado de cantar las alabanzas del vicario. Una de las ancianas —la tía, la señorita Noble— es un retrato maravillosamente pintoresco de bondad desinteresada, y Ladislaw la acompaña galantemente a veces. Me los crucé un día en una callejuela: ya conoce el aspecto de Ladislaw —una especie de Dafnis con chaqueta y chaleco—, y esta pequeña solterona estirándose hacia su brazo; parecían una pareja caída de una comedia romántica. Pero la mejor prueba sobre Farebrother es verlo y oírlo.
Por fortuna, Dorothea se encontraba en su salita privada cuando ocurrió esta conversación, y no había nadie presente que hiciera dolorosa para ella la inocente introducción que hizo Lydgate de Ladislaw. Como le era habitual en asuntos de chismes personales, Lydgate había olvidado por completo el comentario de Rosamond de que creía que Will adoraba a la señora Casaubon. En ese momento a él solo le importaba lo que pudiera recomendar a la familia Farebrother; y a propósito había recalcado lo peor que pudiera decirse del vicario, con el fin de anticiparse a las objeciones. En las semanas transcurridas desde la muerte del señor Casaubon apenas había visto a Ladislaw, y no había oído ningún rumor que le advirtiera que el secretario confidencial del señor Brooke era un tema peligroso para la señora Casaubon. Cuando él se hubo ido, su imagen de Ladislaw se demoró en la mente de ella y le disputó el terreno a la cuestión de la vicaría de Lowick. ¿Qué estaba pensando Will Ladislaw acerca de ella? ¿Seenteraría de aquel hecho que hacía arder sus mejillas como nunca antes solían hacerlo? ¿Y qué sentiría al enterarse?—Pero ella podía ver perfectamente cómo él le sonreía desde lo alto a la solteroncita. ¡Un italiano con ratones blancos!—al contrario, él era una criatura que participaba de los sentimientos de todos y era capaz de soportar el peso del pensamiento ajeno en lugar de imponer el suyo con férrea resistencia.