Por el momento tengo que dar a conocer mejor al nuevo poblador Lydgate de lo que podría estarlo cualquiera que se interese por él, e incluso mejor que a quienes más lo habían visto desde su llegada a Middlemarch.
Pues sin duda todos habrán de admitir que a un hombre se le puede inflar y colmar de alabanzas, envidiar, ridiculizar, contar con él como a una herramienta y enamorarse de él, o al menos elegirlo como futuro esposo, y aun así seguir siendo virtualmente desconocido—conocido meramente como un cúmulo de indicios para las falsas suposiciones de sus vecinos.
Sin embargo, cundía la impresión general de que Lydgate no era del todo un médico rural corriente, y en el Middlemarch de aquella época semejante impresión era indicio de que se esperaba gran cosa de él. Pues el médico de cabecera de todo el mundo era extraordinariamente listo, y se entendía que poseía una habilidad inmensa en el manejo y tratamiento de las enfermedades más ariscas o viciosas. La prueba de su inteligencia pertenecía al orden superior de la intuición, radicando en la inquebrantable convicción de sus clientas, y era inexpugnable a cualquier objeción, salvo que las intuiciones de aquellas se oponían a las de otras igualmente firmes; cada señora que veía la verdad médica en Wrench y «el tratamiento reconstituyente» consideraba que Toller y «el sistema de depauperación» eran la perdición médica. Pues los tiempos heroicos de las sangrías copiosas y las vesicatorias aún no habían pasado, ni mucho menos los tiempos de la teoría radical, en los que a la enfermedad en general se le colgaba algún sambenito y se la trataba en consecuencia sin vacilaciones —como si, por ejemplo, se tratara de una insurrección, a la que no debiera dispararse con fogueo, sino sacarle sangre al punto—. Los reconstituyentes y los depauperadores eran todos hombres «listos» a juicio de alguien, lo cual es verdaderamente todo cuanto puede decirse de