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nydus/MiddlemarchPublic
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XXXI

La pobre Rosamond perdió el apetito y se sentía tan desamparada como Ariadna —como una encantadora Ariadna de teatro abandonada con todos sus baúles llenos de vestuario y sin la esperanza de un carruaje.

Hay muchas mezclas maravillosas en el mundo a las que todas se les llama por igual amor, y que reclaman los privilegios de una furia sublime que sirve de excusa para todo (en la literatura y el drama). Por fortuna, Rosamond no pensó en cometer ningún acto desesperado: se trenzó su hermoso cabello rubio con la belleza de costumbre y se mantuvo orgullosamente serena. Su suposición más optimista era que su tía Bulstrode había intervenido de algún modo para impedir las visitas de Lydgate: cualquier cosa era mejor que una indiferencia espontánea por parte de él. Quien imagine que diez días son un tiempo demasiado corto —no para caer en la flacura, la frivolidad u otros efectos mesurables de la pasión, sino— para recorrer todo el circuito espiritual de conjeturas alarmadas y desengaños, ignora lo que puede llegar a suceder en el apacible ocio de la mente de una señorita.

Sin embargo, el undécimo día, al salir de Stone Court, la señora Vincy le pidió a Lydgate que le hiciera saber a su marido que había un cambio notorio en la salud del señor Featherstone, y que deseaba que este fuera a Stone Court ese mismo día. Ahora bien, Lydgate podría haber pasado por el almacén, o bien haber escrito un recado en una hoja de su carné y haberlo dejado en la puerta. Sin embargo, al parecer, estos sencillos recursos no se le ocurrieron, de lo cual podemos deducir que no tenía grandes reparos en pasarse por la casa a una hora en que el señor Vincy no estuviera y dejarle el recado a la señorita Vincy. Un hombre puede, por diversos motivos, rehusar su compañía, pero tal vez ni un sabio se sentiría complacido de que nadie lo echara de menos. Sería una manera elegante y sencilla de empalmar los nuevos hábitos con

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