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nydus/MiddlemarchPublic
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II. El yelmo de Mambrino

“No hay nadie con quien pueda hablar”.

Celia pensaba para sus adentros: «Dorothea desprecia por completo a Sir James Chettam; creo que no lo aceptaría».

Celia sentía que aquello era una lástima. Nunca se había engañado respecto al objeto del interés del baronet.

A veces, en verdad, había reflexionado que Dodo tal vez no haría feliz a un esposo que no tuviera su misma manera de ver las cosas; y sofocado en lo más profundo de su corazón estaba el sentimiento de que su hermana era demasiado religiosa para la comodidad familiar.

Las ideas y los escrúpulos eran como agujas esparcidas, que a uno le daban miedo de pisar, de sentarse, o incluso de comer.

Cuando la señorita Brooke estaba junto a la mesa del té, sir James se acercó a sentarse a su lado, sin haber encontrado en absoluto ofensiva la manera en que ella le había respondido. ¿Por qué iba a hacerlo? Le parecía probable que la señorita Brooke se sintiera atraída por él, y los modales tienen que ser muy marcados para dejar de ser interpretados según preconcepciones, ya sean confiadas o desconfiadas. Ella le resultaba absolutamente encantadora, pero, por supuesto, él teorizaba un poco acerca de su afecto.

Estaba hecho de una excelente pasta humana, y tenía el raro mérito de saber que su talento, incluso si se desataba, no incendiaría el arroyo más pequeño del condado: de ahí que le agradara la perspectiva de una esposa a quien pudiera decirle: «¿Qué haremos?» respecto a esto o aquello; que pudiera ayudar a su marido con razones, y que además tuviera la cualificación económica para hacerlo. En cuanto a la excesiva religiosidad que se le achacaba a la señorita Brooke, tenía una idea muy imprecisa de en qué consistía, y pensaba que se extinguiría con el matrimonio.

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