—No, no lo haré: me condeno aporrear a mi muchacho para complacerlo a usted ni a ningún otro, ni aunque fuera usted veinte terratenientes en vez de uno, y ese uno, un mal bicho.
Las palabras de Dagley fueron lo suficientemente altas como para hacer acudir a su mujer a la puerta de la cocina trasera —la única entrada que se usaba jamás, y que siempre estaba abierta excepto con mal tiempo—, y el señor Brooke, diciendo en tono conciliador: «Bueno, bueno, ya hablaré con tu mujer... No me refería a apalear, ya sabes», se dispuso a caminar hacia la casa. Pero Dagley, aún más inclinado a «despacharse a gusto» con un caballero que se aleja de él, lo siguió al instante, con Fag trotando cabizbajo tras sus talones y esquivando con morbosidad los pequeños y probablemente bienintencionados acercamientos por parte de Monk.
—¿Cómo está usted, señora Dagley? —dijo el señor Brooke, dándose un poco de prisa—. He venido a hablarle de su muchacho: no quiero que le dé la vara, ya sabe.
Esta vez tuvo cuidado de hablar con total claridad.
La abrumada señora Dagley—una mujer delgada y ajada, de cuya vida el placer había desaparecido por completo hasta el punto de no tener siquiera ropa de domingo que le brindara alguna satisfacción al prepararse para ir a la iglesia— ya había tenido un malentendido con su marido desde que este había regresado, y estaba desanimada, esperando lo peor. Pero su marido se adelantó a responder.
—No, ni tampoco quier' él el palo, lo quiera usté o no —continuó Dagley, lanzando la voz como si quisiera que golpeara con fuerza—. No tiene usté por qué venir a hablar de palos en estas tie-rras, ya que no va a dar ni un palo pa' repararlas. Vaya a Middlemarch a pedir que le den sus referencias.