cualquier indicio claro de que uno de ellos fuese a recibir más que los demás, el temor de que ese zancudo de Fred Vincy se quedara con las tierras era por fuerza predominante, aunque dejaba abundante margen de ánimo y tiempo para celos más vagos, como los que se abrigaban hacia Mary Garth. Solomon halló tiempo para reflexionar que Jonah no merecía nada, y Jonah para tildar a Solomon de codicioso; Jane, la hermana mayor, sostenía que los hijos de Martha no debían esperar tanto como los jóvenes Waules; y Martha, más laxa en materia de primogenitura, lamentaba pensar que Jane fuera tan «rapiñadora». Estos parientes más cercanos estaban naturalmente convencidos de lo absurdo que era que primos y segundos primos albergasen expectativas, y echaban cuentas calculando las grandes sumas a las que los pequeños legados podían ascender, si es que había demasiados. Dos primos estaban presentes para escuchar el testamento, y un segundo primo además del señor Trumbull. Este segundo primo era un mercerero de Middlemarch de modales refinados y aspiraciones superfluas. Los dos primos eran hombres de edad avanzada procedentes de Brassing; uno de ellos consciente de tener derechos en virtud de los gastos inoportunos en los que había incurrido al regalar ostras y otros comestibles a su rico primo Peter; el otro, totalmente saturnino, apoyando las manos y la barbilla en un bastón, y consciente de unos derechos basados no en menudencias, sino en el mérito general: ambos, ciudadanos intachables de Brassing, que deseaban que Jonah Featherstone no viviera allí. El ingenio de una familia suele ser mejor acogido entre los extraños.
“Vaya, el propio Trumbull cuenta casi seguro con quinientos—de eso podéis estar seguras—no me extrañaría que mi hermano se los hubiera