Caleb hizo una pausa aquí, y tal vez el mejor orador no habría podido elegir mejor ni su pausa ni sus imágenes para la ocasión.
—Pero vamos, no lo decías con mala intención. Alguien te dijo que el ferrocarril era algo malo. Eso era mentira. Puede que haga un poco de daño aquí y allá, a esto y a lo otro; y lo mismo hace el sol en el cielo. Pero el ferrocarril es algo bueno.
—¡Vaya! ¡Bueno es para los ricos sacar tajada de ello! —dijo el viejo Timothy Cooper, que se había quedado atrás volteando su heno mientras los demás se habían ido de juerga—; yo he visto salir un montón de cosas desde que era un zagal: la guerra y la paz, los canales, y el viejo rey Jorge, y el Regente, y el nuevo rey Jorge, y el nuevo que tiene un nuevo no-ombre; y todo ha sido igual para el pobre hombre. ¿Qué le han importado a él los canales? Ni carne ni tocino le han traído, ni jornal que ahorrar, a menos que se lo ahorrase matándose de hambre las entrañas. Los tiempos han empeorado para él desde que era un zagal. Y lo mismo pasará con los ferrocarriles. Lo único que harán será dejar al pobre hombre aún más atrás. Pero tontos son los que se meten en líos, y eso mismo les dije a los muchachos de aquí. Este es el mundo de los ricos, eso es lo que es. Pero usted es de los de los ricos, señor Garth, usted sí.
Timothy era un viejo jornalero correoso, de un tipo que aún perduraba en aquellos tiempos —de los que guardaban sus ahorros en la puntera de una media, vivían en una cabaña solitaria y a quienes ninguna oratoria podía conmover, pues poseían tan poco espíritu feudal y creían tan poco en él como si no hubieran ignorado por completo la Era de la Razón y los