Tomamos más afecto a nuestras casas si tienen una fisonomía propia, como nuestros amigos. A la familia Garth, que era bastante numerosa, pues Mary tenía cuatro hermanos y una hermana, le gustaba mucho su antigua casa, de la cual hacía tiempo que se habían vendido los mejores muebles. A Fred también le gustaba, conociéndola de memoria hasta el desván, que olía deliciosamente a manzanas y membrillos, y hasta hoy nunca había llegado a ella sin expectativas agradables; pero su corazón latía con inquietud ahora, con la sensación de que probablemente tendría que hacer su confesión ante la señora Garth, de quien sentía bastante más temor que de su esposo.
No que fuera dada al sarcasmo y a las salidas impulsivas, como lo era Mary.
Al menos en su actual edad madura, la señora Garth nunca se comprometía con palabras precipitadas; habiendo, según decía, llevado el yugo en su juventud y aprendido el autocontrol. Poseía ese raro sentido que discierne lo que es inalterable y se somete a ello sin murmurar.
Adorando las virtudes de su esposo, muy temprano se había hecho a la idea de su incapacidad para velar por sus propios intereses, y había afrontado las consecuencias alegremente. Había sido lo suficientemente magnánima como para renunciar a todo orgullo por las teteras o los volantes de los vestidos de los niños, y nunca había vertido confidencias patéticas en los oídos de sus vecinas acerca de la falta de prudencia del señor Garth y de las sumas que podría haber tenido si hubiera sido como los demás hombres.
De ahí que estas amables vecinas la creyeran orgullosa o excéntrica, y a veces le hablaran de ella a sus maridos llamándola «su distinguida señora Garth».