Era un joven apasionado, pero por el momento su ardor se hallaba absorto en el amor por su trabajo y en la ambición de lograr que su vida fuera reconocida como un factor en la vida mejor de la humanidad, como otros héroes de la ciencia que no habían tenido más que una oscura consulta de provincias para empezar.
¡Pobre Lydgate! ¿o debo decir, Pobre Rosamond! Cada uno vivía en un mundo del que el otro no sabía nada. A Lydgate no se le había ocurrido que él había sido objeto de ávida meditación para Rosamond, quien no tenía ninguna razón para poner su matrimonio en una perspectiva lejana, ni ningún estudio patológico que desviara su mente de ese hábito rumiante, de esa repetición interior de miradas, palabras y frases, que ocupa una gran parte en la vida de la mayoría de las muchachas.
No había tenido la intención de mirarla ni de hablarle con más que la inevitable dosis de admiración y cumplido que un hombre debe dedicarle a una muchacha hermosa; en verdad, le parecía que su disfrute de la música de ella había permanecido casi en silencio, pues temía caer en la grosería de expresarle su gran sorpresa ante el hecho de que poseyera tal talento. Pero Rosamond había registrado cada mirada y cada palabra, y las había evaluado como los incidentes iniciales de un romance preconcebido, incidentes que adquieren valor a partir del desarrollo y el clímax previstos.
En el romance de Rosamond no era necesario imaginar gran cosa sobre la vida interior del héroe, ni sobre sus ocupaciones serias en el mundo: por supuesto, tenía una profesión y era inteligente, además de lo suficientemente apuesto; pero el hecho picante de Lydgate era su buen nacimiento, que lo distinguía de todos los admiradores de Middlemarch y presentaba el matrimonio como una perspectiva de ascenso social y de acercamiento a esa condición celestial en la tierra en la que ella no tendría nada que ver con la gente vulgar y, tal vez al fin, se relacionaría con parientes totalmente iguales a la aristocracia del condado que desdeñaba a los habitantes de Middlemarch.