«Eso no es excusa para fomentar la exageración supersticiosa de las esperanza en torno a esta medida en particular, ayudando al clamor por tragarla entera y por enviar a papagayos votantes que no sirven para nada más que para llevarla a cabo. Vas en contra de la podredumbre, y no hay nada más completamente podrido que hacer creer a la gente que la sociedad puede curarse mediante un hocus-pocus político».
—Muy bien, querido amigo. Pero su cura debe empezar por alguna parte, y supongamos que mil cosas que degradan a una población jamás podrán reformarse sin que esta reforma en particular sea el punto de partida. Mire lo que dijo Stanley el otro día: que la Cámara lleva ya bastante tiempo chapuceando con cuestiones menores de soborno, investigando si a este o aquel elector le han dado una guinea cuando todo el mundo sabe que los escaños se han estado vendiendo al por mayor. ¡Espere a que haya sabiduría y conciencia en los funcionarios públicos... y un rábano! La única conciencia en la que podemos confiar es el sentido masivo de injusticia en una clase, y la mejor sabiduría que funciona es la sabiduría de equilibrar reclamaciones. Ese es mi texto: ¿qué bando está perjudicado? Apoyo al hombre que apoya sus reclamaciones; no al virtuoso defensor de la injusticia.
—Esa charla general sobre un caso particular es una mera petición de principio, Ladislaw. Cuando digo que defino la dosis que cura, no se sigue que me decante por el opio en un caso dado de gota.
“No estoy eludiendo la cuestión que tenemos entre manos: si debemos no intentar nada hasta que encontremos hombres inmaculados con quienes trabajar. ¿Seguiría usted ese plan? Si hubiera un hombre que lo apoyara en una reforma médica y otro que se opusiera, ¿se pondría a averiguar cuál de los dos tenía mejores intenciones o incluso mejor cerebro?”