“No importa, Kitty, no te afflijas. Nunca debemos admirar a las mismas personas. A menudo peco de algo parecido; suelo hablar con demasiada dureza de quienes no me agradan”.
A pesar de esta magnanimidad, Dorothea seguía dolida: tal vez tanto por el asombro contenido de Celia como por sus pequeñas críticas.
Por supuesto, todo el mundo en los alrededores de Tipton desaprobaría este matrimonio. Dorothea no conocía a nadie que pensara como ella sobre la vida y sus mejores propósitos.
Sin embargo, antes de que terminara la tarde, era muy feliz. En una hora de tête-à-tête con el señor Casaubon, habló con él con más libertad de la que jamás había sentido antes, llegando incluso a desbordar su dicha ante la idea de dedicarse a él y de aprender cómo podía compartir y promover mejor todos sus grandes fines. El señor Casaubon se sintió conmovido por un deleite desconocido (¿qué hombre no lo habría estado?) ante este ardor infantil y desinhibido: no le sorprendió (¿qué amante se habría extrañado?) ser él el objeto de este.
—Mi querida jovencita —señorita Brooke—, Dorothea —dijo, apretando las manos de ella entre las suyas—, esta es una felicidad mayor de la que jamás había imaginado reservada para mí. Que llegara a encontrarme con una mente y una persona tan ricas en las gracias entrelazadas que podrían hacer deseable el matrimonio estaba, en verdad, muy lejos de mi concepto. Posees todas —más aún, todas— aquellas cualidades que siempre he considerado las excelencias características de la condición femenina. El gran encanto de vuestro sexo es su capacidad para un afecto ardiente y abnegado, y en esto vemos su aptitud para redondear y completar la existencia del nuestro. Hasta ahora he conocido pocos placeres salvo los de la índole más severa: mis satisfacciones han sido las del estudiante solitario. He estado poco dispuesto a recoger flores que se marchitarían en mi mano, pero ahora las arrancaré con avidez para colocarlas en tu pecho.