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nydus/MiddlemarchPublic
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XXIV

—Estás tristemente destrozada, lo sé, Susan —dijo Caleb, mirándola con compasión—. No soporto que pierdas el dinero que has ido ahorrando para Alfred.

—Muy bien hecho está que lo haya juntado; y tú eres quien va a sufrir, porque tendrás que enseñarle al muchacho tú mismo. Debes abandonar tus malos hábitos. Algunos hombres le dan a la bebida, y tú le has dado a trabajar sin paga. Debes darte un poco menos de ese gusto. Y tienes que ir a caballo a ver a Mary y preguntarle al muchacho qué dinero tiene.

Caleb había echado su silla hacia atrás, y estaba inclinado hacia adelante, negando con la cabeza lentamente y juntando las yemas de los dedos con mucha precisión.

“¡Pobre Mary!”, dijo.

—Susan —continuó en un tono más bajo—, me temo que pueda estar encariñada con Fred.

—¡Ay no! Ella siempre se ríe de él; y no es probable que piense en ella de otra manera que no sea como en una hermana.

Caleb no replicó, pero al poco rato se bajó las gafas, acercó su silla al escritorio y dijo: «¡Maldita sea la letra, ojalá estuviera en Hannover! ¡Estas cosas son una triste interrupción para los negocios!».

La primera parte de este discurso comprendía todo su repertorio de expresiones maledictorias, y fue pronunciada con un ligero rictus fácil de imaginar. Pero sería difícil transmitir a quienes nunca le oyeron pronunciar la palabra «negocio», el tono peculiar de ferviente veneración, de

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