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nydus/MiddlemarchPublic
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XX

se hallaba ahora en un intervalo en el que la fuerza misma de su naturaleza aumentaba su confusión. De este modo, los primeros meses de matrimonio suelen ser tiempos de tumulto crítico —ya sea el de una charca de camarones o el de aguas más profundas— que después se disipa en una alegre paz.

¿Pero no era el señor Casaubon tan culto como antes? ¿Habían cambiado sus formas de expresión, o se habían vuelto menos loables sus sentimientos? ¡Oh, caprichos de la condición femenina! ¿le fallaba su cronología, o su habilidad para exponer no solo una teoría, sino los nombres de quienes la sustentaban; o su disposición para ofrecer los puntos principales de cualquier tema a petición? ¿Y no era Roma el lugar del mundo más propicio para dar rienda suelta a semejantes dotes? Además, ¿no se había centrado el entusiasmo de Dorothea precisamente en la perspectiva de aligerar el peso y tal vez la tristeza con que las grandes tareas gravitan sobre quien ha de realizarlas?⁠—Y que tal peso oprimía al señor Casaubon era ahora más evidente que antes.

Todas estas son preguntas aplastantes; pero por lo demás todo siguiera igual, la luz había cambiado, y no se puede encontrar el alba perlada al mediodía.

Es un hecho inalterable que un prójimo cuya naturaleza conoces únicamente a través de las breves entradas y salidas de unas pocas semanas imaginativas llamadas noviazgo, puede, al ser visto en la continuidad de la compañía conyugal, revelarse como algo mejor o peor de lo que habías preconcebido, pero ciertamente no parecerá del todo el mismo.

Y sería asombroso descubrir cuán pronto se siente el cambio si no tuviéramos cambios emparentados con los cuales compararlo. Compartir habitación con un brillante compañero de cenas, o ver a tu político favorito en el ministerio, puede provocar cambios igual de rápidos: también en estos casos empezamos sabiendo poco y creyendo mucho, y a veces terminamos por invertir las cantidades.

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