—Fue una desgracia, ¿eh?, eso de romperle las rodillas al caballo. Y luego, estos trueques, no sirven de nada cuando te las tienes que ver con jockeys astutos. Serás más prudente la próxima vez, muchachos.
Tras lo cual, Caleb se bajó las gafas y procedió a estampar su firma con el esmero que siempre dedicaba a tal cometido; pues todo lo que hacía en asuntos de negocios lo hacía bien.
Contempló las grandes y bien proporcionales letras y el remate final, ladeando un instante la cabeza, luego se la entregó a Fred, dijo «Adiós» y volvió de inmediato a sumirse en un plano para los nuevos edificios agrícolas de sir James Chettam.
Ya sea porque su interés en este trabajo borró de su memoria el incidente de la firma, o por alguna razón de la que Caleb era más consciente, la señora Garth permaneció ignorante del asunto.
Desde que había tenido lugar, se había producido un cambio en el horizonte de Fred, que alteraba su perspectiva del porvenir y era la razón por la cual el regalo de dinero de su tío Featherstone tenía la suficiente importancia como para hacer que su color fuera y viniera, primero con una expectativa demasiado definida y, después, con una desilusión proporcional.
Su fracaso al aprobar los exámenes había hecho que la acumulación de sus deudas universitarias resultara aún más imperdonable para su padre, y en casa se había desatado una tormenta sin precedentes.
El señor Vincy había jurado que, si volvía a tener que soportar algo semejante por el estilo, Fred tendría que irse a la calle y ganarse la vida como pudiera; y aún no había recuperado del todo su tono de buen humor con su hijo, quien lo había enfurecido especialmente al declarar en aquel momento que no quería ser clérigo y que prefería no «seguir con eso».