Casaubon, el pobre, estaba demasiado absorto para pensar, había dispuesto llevar a Ladislaw a Lowick varias veces (sin descuidar entretanto presentarlo en otros sitios a la menor oportunidad como «un joven pariente de Casaubon»). Y aunque Will no había visto a sola con Dorothea, sus encuentros habían bastado para devolverle su antigua sensación de camaradería juvenil con alguien que era más inteligente que ella, pero que parecía dispuesto a dejarse influir por ella. La pobre Dorothea, antes de su matrimonio, nunca había encontrado mucho espacio en las mentes ajenas para lo que más le importaba decir; y no había disfrutado, como sabemos, de la instrucción superior de su esposo tanto como había esperado. Si hablaba con algún dejo de vivo interés al señor Casaubon, él la escuchaba con un aire de paciencia como si hubiera citado un pasaje del Delectus que le era familiar desde sus tiernos años, y a veces mencionaba secamente qué sectas o personajes antiguos habían sostenido ideas similares, como si ya hubiera demasiado género de eso en existencia; en otras ocasiones le informaba que estaba equivocada y reafirmaba lo que su comentario había puesto en duda.
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